Educación/Innovación

Innovamos para aliviar la enseñanza

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¿Cómo estudian tus alumnos?, ¿Cómo son tus clases?, ¿En torno a quién giran tus clases?, ¿Quién compone y cómo funciona el claustro?

La situación actual de nuestras universidades es de una crisis que apenas si se halla en sus comienzos.”

Las transformaciones profundas que han padecido o que están padeciendo las sociedades contemporáneas exigen transformaciones paralelas en la educación nacional. Ahora bien, aunque sentimos la necesidad de cambios, no sabemos exactamente cuáles han de ser éstos.”

Cualquiera de nosotros firmaría estas afirmaciones. Las dos encajan perfectamente con nuestra situación actual. La educación superior lleva años en medio de una profunda crisis y nuestra sociedad cambia tanto y tan rápido que nadie duda tampoco sobre la necesidad cada vez más urgente de que se produzcan cambios en la educación.

Cualquiera de nosotros pensaría que las dos frases son recientes y, sin embargo, las dos fueron dichas hace más de 100 años. La primera, por Francisco Giner de los Ríos hacia 1900 en sus Escritos sobre la universidad española (pdf), la segunda, por el sociólogo francés Emile Durkheim en su libro Pedagogía y sociología de 1902.

Desde entonces, el mundo ha cambiado mucho. Pero la educación también. Nada más lejos de mi intención aquí que defender la idea tan habitual hoy de que la educación no ha cambiado nada en los últimos cien años, de que seguimos educando de la misma manera que se educaron nuestros abuelos. Nada más lejos que alinearme junto a los abanderados del cambio disruptivo que alzan sus argumentos contra un supuestamente homogéneo sistema educativo tradicional, un modelo de educación industrial, prusiano dicen unos, transmisivo otros. Contra una educación bancaria al estilo de Paulo Freire que aún hoy predominaría en la mayoría de las aulas del mundo cuando, en realidad, no tenemos muy claro qué significa eso de educación industrial. Ni siquiera si realmente existe.

Lo que sí es cierto es que estamos ante una de las grandes revoluciones de la historia de la humanidad y que debemos asumir, con Castells, que “hemos cambiado para siempre la forma en que nos comunicamos, nos informamos, trabajamos, nos relacionamos, amamos o protestamos”. También es cierto que “nuestra sociedad ha efectuado una radical transformación de la idea de saber, hasta el punto de que cabría denominarla con propiedad la sociedad del desconocimiento” (Innerarity), que hemos cambiado nuestra relación con la información y el conocimiento, que nos sobra información y que nos falta conocimiento y que saber significa “poder dar una respuesta a la pregunta acerca del qué y el porqué”(Innerarity). Algo que, por cierto, ya dijo en 1930 Ortega y Gasset hablando sobre la misión de la universidad. Para Ortega, la universidad debía transmitir “el sistema de ideas sobre el mundo y la humanidad que el hombre de entonces poseía” de cara a ayudarle a dirigir efectivamente su existencia.

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Más que en la sociedad del conocimiento, vivimos en la sociedad del aprendizaje y aunque el aprendizaje, el cómo aprendemos, ha cambiado enormemente en las últimas décadas, es verdad que el Sistema educativo y las instituciones educativas (el cómo enseñamos, qué enseñamos, dónde lo hacemos, a quién enseñamos, quién lo hace y quién gestiona el aprendizaje) lo ha hecho de manera bastante más lenta. La academia, decían Jim Groom y Brian Lamb hace unos años, “se muestra extrañamente complaciente en medio del tumulto…La innovación en la docencia es marginal, de modo que las estructuras básicas de currículo y evaluación no han sufrido variación alguna.” De alguna manera, sin ser cierta la afirmación de que nada ha cambiado en los últimos 100 años, si es verdad que se está produciendo un desajuste cada día mayor entre lo que necesitamos y lo que (ob)-tenemos. El cambio es más lento de lo que nos gustaría y, desde luego, mucho más de lo que necesitaríamos.

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Una de las razones de este lento cambio puede ser precisamente el gran éxito de nuestras instituciones de enseñanza al menos en términos de estabilidad y pervivencia. También es útil, como sostiene Larry Cuban, recurrir al concepto de conservadurismo dinámico para explicar cómo la educación en el último siglo es la mezcla permanente entre lo viejo y lo nuevo, la continuidad y el cambio. No es cierto que nada cambie. Cuban critica la ceguera de muchos reformadores educativos que ven las instituciones educativas como estructuras complicadas e ineficientes en lugar de verlas como las estructuras complejas que son y que como tales avanzan gracias a la tensión continua entre cambio y estabilidad. Tampoco podemos olvidar, como ha señalado George Couros recientemente que de lo que hablamos es de una profesión construida sobre la relación entre personas por lo que las variables con las que un profesor o un maestro se enfrenta cada día son infinitas. Para hablar de cambio y educación nos vale el dicho de que vamos lentos porque vamos lejos.

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Ante esta situación las preguntas que debemos hacernos son del tipo ¿Cómo debe ser la educación cuando tanto el aprendizaje como el conocimiento están por todos lados?; ¿Cómo podemos transformar la educación para hacerla más relevante y adecuada a nuestro entorno y a nuestros tiempos?; ¿Cómo debe ser la educación en la sociedad del aprendizaje? o ¿Cómo debe ser la universidad en la sociedad del aprendizaje?.

Es claro que vivimos bajo el paradigma del cambio. En el ámbito de la educación superior los tres grandes desafíos son la presión de la globalización; los cambios en la oferta y la demanda y los cambios en la financiación.

El sector se encuentra en un contexto caracterizado por el aumento de la competencia; la marketinización de la enseñanza; la madurez de las tecnologías, las infraestructuras y las herramientas; y una dinámica creciente de “consumerización”. Un contexto en donde es preciso atender a los cambios en las motivaciones personales para el aprendizaje, en las metodologías utilizadas, en los lugares donde aprendemos, en lo que es necesario aprender, en los contenidos, en los mecanismos de acreditación del aprendizaje.

La educación superior debe ser capaz de responder a la abundancia de recursos (y contenidos) y de redes de relación, al surgimiento de nuevas formas de evaluación y de acreditación, a las nuevas formas de aprendizaje formal, no formal e informal, al aprendizaje online e híbrido, a las tecnologías personales en el aprendizaje, a la relevancia de lo abierto, al impacto de los medios sociales y su capacidad para cambiar las formas e interaccionar, generar y disponer de ideas e información y al incremento del uso de los datos y del análisis de los mismos para mejorar la experiencia y la personalización del aprendizaje.

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La educación superior debe ser capaz de dar respuesta a los cambios en los procesos de aprendizaje. “Aprender hoy es ser capaces de buscar, recopilar y filtrar los datos, ser capaces de trabajar colaborativamente para sacarles el mejor provecho, ser capaces de compartirlos y comunicarlos” (Antonio Lafuente, Andoni Alonso y Joaquín Rodríguez. Todos sabios). Aprender hoy es aprender a pensar, a hacer y a conectar.

Más que respuestas debemos ser capaces de hacernos preguntas. ¿Para qué aprendemos?; ¿Qué aprendemos?; ¿Cómo aprendemos?; ¿De quién y con quién aprendemos?; ¿Quién aprende?; ¿Dónde aprendemos?; ¿Quién reconoce lo aprendido?.

Para adaptarse a las necesidades de la sociedad actual, las instituciones de educación superior deben flexibilizarse y desarrollar vías de integración de las tecnologías de la información y la comunicación en los procesos de formación”, dice Jesús Salinas. “Para entender estos procesos de cambio y sus efectos, así como las posibilidades que para los sistemas de enseñanza-aprendizaje conllevan los cambios y avances tecnológicos, conviene situarnos en el marco de los procesos de innovación” continúa. Necesitamos innovación, necesitamos innovar. Pero en educación siempre hemos necesitado innovar. En educación siempre hemos querido y hemos soñado con innovar. De hecho en educación siempre hemos innovado, pero en demasiadas ocasiones hemos equiparado esa innovación con innovación tecnológica.

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Desgraciadamente ha sido común entre muchos reformadores la idea de que si introducimos la tecnología en el aula, ésta sería utilizada y si es utilizada, entonces, transformaría la educación” (Seymour Papert)Y eso nos ha llevado al fracaso. Hemos fracasado cada vez que hemos creído que la innovación en educación era solo una cuestión tecnológica. Hemos fracasado cada vez que hemos creído que la palanca del cambio educativo era la tecnología. La innovación “sólo surge cuando los profesores ponen las Tecnologías de la Información al servicio de nuevas formas de aprendizaje abierto y colaborativo en lugar de conformarse con hacer lo mismo de siempre de manera diferente. La innovación exige un gran esfuerzo tanto individual como colectivo y requiere también del apoyo y el reconocimiento institucional” (Creative Classrooms).

Aún así y a pesar de la lecciones aprendidas, en los últimos años hemos asistido de nuevo a una explosión de innovación tecnológica en educación. Es difícil seguir el ritmo de aparición de nuevos retos tecnológicos, tendencias y tecnologías emergentes. La educación parece sometida a la urgencia de la novedad continua. Claramente nos sobran tendencias y corremos el riesgo de sucumbir a la parálisis por exceso. Corremos el riesgo de que al final nada cambie porque no sepamos decidirnos o porque continuemos haciendo lo mismo de siempre pero con otro aspecto. Parecería que nos sobra tecnología y nos falta pedagogía*. Que nos sobra innovación y nos falta acción.

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Pero si innovar en educación no es sinónimo de innovación tecnológica…¿Qué es innovar entonces?. ¿Qué es innovación educativa?.

Aunque podríamos recurrir a definiciones más canónicas a mi me gusta mucho la de Joan Rué para quien “innovar significa conocer lo existente, pero también asumir el riesgo de pensar vías distintas, explorar e investigar. Significa también la habilidad de trabajar con otros, de saber comunicarse”.

La innovación no sería tanto una cuestión de estar constantemente inventando cosas nuevas como de ser capaces de cambiar los modelos existentes para adaptarse a las condiciones cambiantes del entorno. En el caso de la educación, la innovación es nuestra capacidad de adaptar el aprendizaje a las cada vez más cambiantes demandas profesionales y vitales que todos experimentamos. Y debería llevarnos a un cambio que aporte valor y que solucione problemas concretos. La innovación debe además tener “beneficiarios”.

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En 2014, la Unión Europea publicó el informe Study on Innovation in Higher Education con el objetivo de analizar el impacto de la innovación sobre el sector de la Educación Superior. En concreto el estudio trata de identificar los principales desafíos del sector; las diferencias regionales y de contexto respecto a la innovación; los actores implicados; los principales resultados que se pueden esperar; y las barreras a la innovación. El estudio se ha articulado en torno a tres grandes ejes: 1. los cambios en la enseñanza y el aprendizaje; 2. la tecnología y las mejoras en los resultados de los estudiantes; 3. la globalización y la internacionalización. Los autores han identificado una serie de conclusiones: que la innovación necesita gestión, que es necesario formación en innovación, que la innovación es un círculo virtuoso y que los cambios provocados por la innovación no son radicales sino progresivos. Y también que en los procesos de cambio, la tecnológica facilita pero no es la innovación y ayuda a pasar de una visión centrada en la universidad, los departamentos, los profesores a otra centrada en los estudiantes y que la innovación nos permite tanto hacer cosas nuevas como hacer lo de siempre pero mejor.

Bien, pero ¿cómo lo hacemos?, podemos aún preguntarnos. Parece claro que es necesario un cambio integral de los procesos de aprendizaje. “Los objetivos de aprendizaje, los currículos, las estrategias docentes, la didáctica y la evaluación deben cambiar para que esta oportunidad tecnológica sea beneficiosa”, nos dice Óscar Valiente González. “La solución está en actuar simultáneamente desde el cambio pedagógico, el cambio tecnológico y la gestión del cambio organizacional”, dice por su parte Michael Fullan después de treinta años estudiando el cambio educativo. Para ser efectiva, la innovación en la Educación Superior, debe estar vinculada a las tecnologías de aprendizaje, las aproximaciones pedagógicas, los procesos y los cambios organizativos. “El cambio fundamental en el aprendizaje sólo se producirá si abordamos los cambios en las prácticas docentes y en la dotación de recursos a nivel institucional. En otras palabras, debemos esforzarnos por diseñar aulas y escuelas innovadoras, no sólo experiencias innovadoras de aprendizaje individuales” (Decoding learning)

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El cambio vendrá cuando comprendamos que éste debe ser pedagógico, tecnológico y cultural. Cuando el profesor actúe como un agente del cambio, impregnando el sistema con una actitud de visión con sentido. El cambio debe ser algo esperado y los maestros formados y empoderados para actuar como agentes del mismo. Con mentalidad innovadora. Trabajando en equipo. Liderando el cambio. Siendo la punta del lápiz (The pencil metaphor) pero también ayudando a aquellos que solo necesitan un empujón para embarcarse en el cambio. Creando una cultura de la innovación (Building a culture of innovation. pdf)

Y recuerden, que “lo innovador no está en la tecnología, sino en cómo afecta ésta al acceso, la generación y la aplicación del conocimiento (Manuel Castells)”, que la innovación nunca sucede mientras estamos hablando de ella y, sobre todo, que innovamos para aliviar la enseñanza (Ángela Ruiz Robles en una entrevista para TVE).

NOTA 1: Este texto se corresponde con la ponencia del pasado martes 23 de junio en el marco de las III Jornadas de Innovación de la Universidad Francisco de Vitoria. Aprovecho para felicitar por la iniciativa y dar la enhorabuena por el desarrollo a todo el equipo de Innovación educativa de la UFV. Dejo a continuación el vídeo de la ponencia y la presentación completa que utilicé.

 

 

*NOTA: Empieza a ser un lugar común el afirmar que la tecnología sin pedagogía no transforma la educación. Los últimos años de historia de la tecnología educativa y de los sucesivos fracasos al pretender cambiar la educación desde la palanca exclusiva de la tecnología dan validez a la afirmación. La situación, sin embargo, deja de ser tan clara. Cada vez es más difícil pretender cualquier cambio en la actividad que sea sin tecnología. En este sentido cada vez es más importante entender bien ambas, tecnología y pedagogía para impulsar el cambio. La tradicional incomprensión entre tecnólogos y pedagogos debe resolverse. Figuras como Seymour Papert es un buen ejemplo de este diálogo fructífero. En esta línea me parece muy recomendable la Guía de la tecnología educativa de Audrey Watters que intenta precisamente responder a tres preguntas. Qué deberían los tecnólogos saber sobre educación, qué deberían los pedagogos saber sobre tecnología, que deberían los estudiantes saber sobre tecnologías educativas.

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