Educación/Innovación

Sujetos de esperanza

El pasado 14 de diciembre tuve la suerte de ser invitado a las XXVI Jornadas sobre adicciones titulada ¿Cómo es la prevención que queremos?: repensemos, diseñemos, actuemos, organizadas por el Ayuntamiento de Valencia, a través de su Plan Municipal de Drogodependencias PMD/UPCCA, la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD) y la Universitat de València.

La Jornada fue, sin duda, excelente. Y lo fue porque, haciendo honor al subtítulo de la misma, quienes la organizaron habían hecho un imprescindible ejercicio previo para pensar y diseñar la Jornada que querían, y actuar, después, para que así fuera.

Estuve acompañado por Garbiñe Larralde, profesora de bachillerato, coordinadora TIC en el Colegio Jesús María de Bilbao, y una de las personas que más sabe (y mejor hace) sobre visual thinking en España; por Mabel Villaescusa, directora del CEFIRE específico de educación inclusiva de la Comunidad valenciana y un referente de la orientación; Ricardo Pérez, responsable de prevención comunitaria del PMD/UPCCA-València; Inma Pellicer, orientadora del IES Jordi de San Jordi y María Belenguer, alumna de FP de Grado Superior en Integración Social del IES Jordi de San jordi quienes presentaron un excelente proyecto para prevención del consumo problemático de cannabis entre jóvenes; y finalmente de Luis María López-Aranguren, director desde hace años de programas sociales de la Fundación Tomillo.

Mi ponencia trató sobre la necesidad de repensar el derecho a aprender.

 

“Todos los niños y jóvenes del mundo, con sus fortalezas y debilidades, con sus deseos y expectativas, tienen derecho a la educación. No son nuestros sistemas educativos los que tienen el derecho a determinados tipos de niños. Por lo tanto, es el sistema escolar de cada país el que tiene que ajustarse para cubrir las necesidades de los niños.B. Lindqvist. 1994

La educación es un derecho fundamental (Art. 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos). Es, sin duda, una de las dimensiones más importantes para el bienestar de la infancia. “De todos los derechos civiles por los que el mundo ha luchado y peleado durante 5.000 años, el derecho a aprender es, sin duda, el más fundamental”, señalaba en 1949 el sociólogo y activista por los derechos civiles W.E.B. Dubois, apenas un año más tarde de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948).

La educación es una necesidad básica (un bien no negociable). Y lo es no sólo porque tenga un valor en sí misma, sino también porque nos habilita para el acceso, la participación y el aprovechamiento de otros derechos fundamentales. Del cumplimiento del derecho a aprender depende en gran parte el desarrollo del resto de derechos recogidos en la Convención sobre Derechos del Niño. Es, desde luego, un factor clave para el desarrollo humano y es, para muchos, un mecanismo para equilibrar las desigualdades sociales.

Garantizar hoy el derecho a aprender sigue siendo en gran parte del Mundo garantizar el acceso a la educación de niños y jóvenes. No debemos olvidar que, según el último informe UNESCO, hay 264 millones de niños y jóvenes que no van a la escuela (GEM Report 2017-2018).

Garantizar el derecho a aprender hoy no es solo garantizar el acceso a la educación. No basta ya con extender la cobertura educativa . Una cosa es el acceso a la educación y otra distinta el logro de la formación necesaria y deseable.

Garantizar hoy el derecho a aprender pasa también por garantizar una educación que no excluya a nadie, que sea capaz de ofrecer a todos y todas las máximas oportunidades para desarrollarse en todos los ámbitos de la vida (personal, colectivo, académico y profesional), sean cuales sean sus características y particularidades. Lo que nos obliga a recordar que la educación pertenece al universo de la ética, la justicia social, la democracia y la equidad, que es todo lo contrario a la lógica de los méritos, la rentabilidad y la eficiencia que a veces predomina en el debate educativo.

Garantizar el derecho a aprender hoy pasa por garantizar el acceso a una educación equitativa y de calidad. Garantizar calidad y equidad simultáneamente es algo tan sencillo o tan complejor como garantizar una educación de calidad para todas y todos. Es garantizar, como dice Lars Bonell, una educación con calidad equitativa, entendida ésta como “la capacidad de articular los distintos aspectos del proceso educativo de forma que todos los alumnos y alumnas puedan alcanzar los mejores resultados posibles -en términos de aprendizaje-, que demanda la sociedad actual posibilitando así la integración del alumnado y su aportación al desarrollo de la misma” (Lars Bonell. 2006. Calidad y equidad en educación: hacia una escuela inclusiva, dialogante y democrática).

Lo que nos lleva inexorablemente a hablar de inclusión educativa entendida como el proceso que lleva a la escuela a buscar soluciones para educar a todos de la manera más normal posible. Y lo que nos sitúa, de nuevo, ante su dimensión ética (la educación inclusiva como una oportunidad ética) y su dimensión democrática (la educación inclusiva como un modelo del tipo de democracia que nos gustaría ver en toda la sociedad) como señaló Serge Thomazet (From integration to inclusive education: does changing the terms improve practice. 2009)

Garantizar una educación de calidad para todos y todas nos obliga también a hablar del reverso de la inclusión, la exclusión, entendida no solo como el proceso que deja fuera de la escuela sino también como los procesos que se dan dentro del propio sistema escolar, en centros y aulas, y que impiden “la satisfacción del derecho a la educación plena y con sentido, que debería garantizarse a todas las personas.” (Factores de exclusión educativa en España, 2017. Unicef).

La exclusión educativa es, para UNICEF, “el resultado de dinámicas propiamente educativas y está relacionado con aspectos que tienen que ver con las políticas tales como la financiación de la educación, la provisión educativa, las características del currículum, la pedagogía y la evaluación o las relaciones de apoyo, acompañamiento y reconocimiento entre diferentes actores dentro del sistema educativo.“  La exclusión escolar es la otra cara de la integración escolar.

Calidad equitativa significa entonces respeto a las diferencias en la búsqueda de la igualdad educativa (Lars Bonell). Igualdad de oportunidades pero también igualdad de resultados.

Y aunque nuestro sistema, como señala José Saturnino Martínez, “es razonablemente equitativo desde el punto de vista de las competencias“, tiene indicadores de equidad claramente negativos que proyectan oscuras sombras sobre el horizonte, como ha explicado brillantemente Lucas Gortázar, en otros tres indicadores, el de la equidad en el acceso a centros con compañeros de distintos entornos socioeconómicos (España tiene niveles preocupantes de segragación escolar); el de la repetición con cifras excesivamente altas (con casi un tercio de los jóvenes de 15 años habiendo sido repetidores durante primaria o secundaria frente a la media de la OCDE que está en torno al 11%); y el del abandono escolar temprano, que aunque se ha reducido en los últimos años lo ha hecho de manera desigual según grupos socioeconómicos.

Hablar del derecho a aprender requiere, por tanto, que abordemos la repetición, el abandono escolar temprano, el fracaso escolar y el absentismo.

El fracaso escolar es un fenómeno tan antiguo como la escuela misma, dice Escudero (Fracaso Escolar, exclusión educativa: ¿De qué se excluye y cómo?). El fracaso resulta de un desencuentro entre lo que la escuela y sus profesores esperan y exigen y lo que algunos alumnos son capaces de dar y de demostrar. No es un fenómeno natural. Es una realidad construida. El fracaso educativo es un proceso, no solo un producto final. Se va construyendo a lo largo de los años. Responde a un largo proceso de gestación en el que intervienen factores múltiples y combinados. Es acumulativo y aunque se suele hacer evidente en la Secundaria, empieza a gestarse mucho antes. No debemos pensar el fracaso en términos cerrados sino más bien como algo gradual, con valores y fases distintas. El fracaso

En palabras de Juan Escudero, el fracaso escolar (constructo ambiguo relacionado con indicadores diversos como los bajos rendimientos escolares, absentismo escolar, abandono prematuro, no titulación e incluso desenganche afectivo y conductas “inadecuadas”) es el resultado de la interacción de múltiples factores situados en niveles distintos: “familias y entornos de socialización de los estudiantes, relaciones con el grupo de iguales, organización y gestión de los centros escolares, el currículo, la enseñanza y evaluación, la consideración y la formación del profesorado, los sistemas y dinámicas de asesoramiento escolar” (ver cuadro).

Juan M. Escudero Muñoz. Fracaso Escolar, Exclusión Educativa. 2005 https://www.ugr.es/~recfpro/rev91ART1.pdf

Juan M. Escudero Muñoz. Fracaso Escolar, Exclusión Educativa. 2005 https://www.ugr.es/~recfpro/rev91ART1.pdf

Para los alumnos, el fracaso tiene incidencias no solo académicas sino también sobre su autoconcepto y sus expectativas y en sus relaciones sociales. Y en este sentido a todos debería preocuparnos, como decía recientemente Miguel Ángel Santos Guerra:

que algunos de nuestros alumnos tengan el autoconcepto destruido. Que no se valoren, que no crean en sí mismos, que se sientan una basura. Me preocupa que no acepten su imagen, que desprecien su forma de ser. Y me preocupa porque les hace vivir una gran angustia. Y porque les hace relacionarse con los demás de una manera negativa. Y porque afrontan sus responsabilidades de estudiantes y su futuro desde la desconfianza y el desánimo.”

Y aunque nadie puede negar que el éxito o el fracaso escolar están fuerte y directamente asociados a las condiciones materiales de vida y al capital cultural de las familias, es una amenaza creciente para todos que se manifiesta, por ejemplo, en un aumento del absentismo o la desafección hacia la escuela, así como un renacimiento de las posturas desescolarizadoras. Recordemos, el fracaso escolar es exclusión educativa y todos estamos en riesgo de exclusión educativa. La línea es más delgada de lo que puede parecer.

Pero el fracaso no es una fatalidad sobre la que no podamos hacer nada.El fracaso es evitable. Es precisamente su carácter como proceso multifactorial que se produce a lo largo de tiempo lo que nos permite poder actuar sobre él. Para hacerlo debemos nuevamente recuperar las dimensiones ética y democrática. Es desde la perspectiva de una escuela más justa y más equitativa que debemos combatirlo.

Combatir el fracaso escolar es trabajar por una escuela inclusiva, que no excluya y garantize no solo el derecho de personas con procedencias, bases y capacidades diferentes a entrar y permanecer en las escuelas, sino también una reestructuración y cambios de las organizaciones educativas y del sistema en su conjunto en orden a responder a todos los estudiantes (Educación inclusiva y cambio escolar. Juan M. Escudero y Begoña Martínez, 2011). No podremos eliminarlo o reducirlo sin un cambio profundo del sistema y de la cultura escolar predominnate. Combatir el fracaso escolar tiene que ver con actuar sobre el funcionamiento interno de los centros, la dirección y el liderazgo, los compromisos y las relaciones entre los docentes.  Tiene que ver con el  currículo y con una enseñanza y unos aprendizajes debidamente trabajados según valores y principios incluyentes (Escudero y Martínez). Tiene que ver con las prácticas de aula. Y tiene que ver con desarrollar la capacidad interna de los centros y con proyectos de centro transformadores que incluyan a toda la comunidad educativa y pongan realmente en el centro de las preocupaciones a los alumnos.

Carolina Tarré. CC by-nc https://flic.kr/p/8x8Qmd

Carolina Tarré. CC by-nc https://flic.kr/p/8x8Qmd

Asegurar el derecho de aprender a todos los niños, en los términos contemplados por los nuevos estándares educativos que la sociedad de hoy demanda, exige un cambio drástico en la enseñanza, mucho más profundo que lo que supone enseñar más hechos y temas de los libros de texto. El mismo concepto de enseñanza ha de cambiar. Los profesores han de ir mucho más allá de la mera transmisión de información, de los exámenes al uso y las calificaciones.” (Linda Darling Hammond. 2001. El derecho de aprender. Crear buenas escuelas para todos. Ariel. p.59)

Combatir el fracaso, trabajar por una escuela que no excluya, garantizar el derecho a aprender de todos pasa “por revisar y transformar ideas y concepciones sobre el conocimiento, la cultura escolar, las oportunidades que se crean para que los estudiantes aprendan, los patrones inveterados de tipificación, clasificación y devaluación de aquellos estudiantes que no se ajustan a la escuela porque, en lo que a ella le toca, tampoco les tiene suficientemente en cuenta.” (Escudero)

Pasa por “transitar desde un modelo selectivo, que se define por una variabilidad mínima de las condiciones de aprendizaje y en el que apenas hay disponible una escasa serie de opciones instructivas y un rango muy limitado de formas de demostrar el éxito, hacia otro modelo adaptado y flexible en el que el ambiente educativo pueda proporcionar una amplia gama de oportunidades de éxito”. (Linda Darling Hammond. 2001. El derecho de aprender. Crear buenas escuelas para todos. Ariel. p.72-73)

Pasa también por preguntarnos, en cada comunidad educativa, cuále es el sentido de la educación. Por peguntarnos qué educación es la que hoy debe considerada indispensable y debe ser garantizada a todas las personas como uno de derechos básico, lo que nos sitúa en el debate de las competencias como ha planteado Philippe Perreneoud (Enfoque por competencias: ¿una respuesta al fracaso escolar?, 2009). Por reconocer, tambié, que la evaluación condiciona todo el proceso de enseñanza y aprendizaje y debemos movernos desde una cultura de la evaluación como calificación a otra centrada en el aprendizaje, que como ha dicho Neus Sanmartí (Evaluar para aprender. 10 ideas clave. Graó. p.10)

un factor importante del fracaso escolar reside en el hecho de que los profesores estamos más preocupados por transmitir correctamente una información que por entender por qué los estudiantes no la comprenden.”

Como sostiene José Gimeno Sacristán “el fracaso escolar, sin dejar de representar un problema de los alumnos y alumnas, es un ejemplo del fracaso del sistema para cumplir con el mandato de la modernidad…El fracaso escolar es una evidencia del incumplimiento del proyecto moderno que significó que los sistemas educativos se convirtieran en el instrumento para la realización del derecho universal a la educación para todos.” (En busca del sentido de la educación. Morata, 2013)

 

Si algo hemos aprendido sobre el cambio educativo es que la solución ante los enormes desafíos que enfrenta hoy la educación no pasa ni por una vuelta al pasado, ni por más de lo mismo, reforzando los sistemas actuales en una huida hacia adelante, ni por acabar con la escuela institucionalizada a favor de nuevos de mecanismos de mercado. Pasa por más escuela, pero una escuela distinta. La escuela necesita un cambio profundo a través de un proceso de re-escolarización, caracterizado por una nueva cultura del aprendizaje basada en el fomento del diálogo, la atención al desarrollo personal, la confianza, en la cooperación, las emociones, el aprender haciendo y el aprendizaje continuo, y por una cultura organizacional caracterizada por la colaboración, la innovación, la autonomía, el reconocimiento y la atención a la diversidad y la apertura y la vinculación con las familias, la comunidad y el entorno.

Tenemos una oportunidad para superar unas maneras de enseñar excesivamente transmisivas que fomentan, en muchos casos, un aprendizaje memorístico y superficial de conocimientos que dificulta su transferencia a la vida real, y que son efectivas solo para unos pocos, por lo que dejan fuera y excluyen del sistema a muchos alumnos.

Redefinir el derecho a aprender pasa por hacer que nuestras escuelas giren en torno a las personas que aprenden y sus aprendizajes. Pasa por fomentar “prácticas centradas en los aprendices y centradas, igualmente, en el aprendizaje, que presten atención, por lo tanto, y de forma simultánea, a las necesidades de alumnos diferentes y a las demandas de contenidos desafiantes.” (Linda Darling Hammond. 2001. El derecho a aprender. Ariel. p. 414)

Y pasa por convertir de nuevo a la escuela en una institución optimista.

La tarea de enseñar es ahora más compleja que nunca pero también más estimulante. La afirmación de que las cosas no pueden ser de otro modo, decía Paulo Freire, es odiosamente fatalista, pues decreta que la felicidad pertenece solamente al que tiene poder…Las cosas no son así, están así y podemos cambiarlas. Son muchos los datos que demuestran que, aquí y allí, aparecen ventanas de oportunidad que son aprovechadas por docentes, casi siempre anónimos, comprometidos con su trabajo, pero con frecuencia carentes de apoyos, de orientaciones y, sobre todo, de reconocimiento.

En un mundo lleno de miradas catastrofistas sobre la educación, necesitamos más que nunca esperanzas practicables e inspiraciones alcanzables. No podemos predecir el futuro. Pero sí podemos soñarlo, imaginarlo y proyectarlo. Sí podemos construir una utopía que pasa por imaginar las visiones de futuro valientes, coherentes, inspiradoras y realistas.

Cierro con una frase de mi compañero de Jornadas en Valencia, Luis María López Aranguren: “nada es inamovible, construimos nuestra historia en cada momento.” Urge recuperar el sueño, la esperanza y la utopía. Urge recuperar la esperanza, como el mecanismo para ver la realidad sin determinismos, y la utopía, vinculada al inconformismo y entendida como proyecto de transformación. Urge educar para la esperanza y la utopía. Urge que pensemos y miremos a nuestros alumnos, como decía Freire, como sujetos de esperanza.

Os dejo la presentación que utilicé durante la Jornada:

También el excelente Sketchnote de la ponencia hizo (en directo) Garbiñe.

Prepararnos (a todos) a prueba de futuro. sketchnote by Garbiñe Larralde

Prepararnos (a todos) a prueba de futuro. sketchnote by Garbiñe Larralde

 

Y, os dejo, por último y aunque no está directamente relacionado, la excelente y amplia entrevista que durante la Jornada me hizo Laura Ferrer (culpable en el mejor sentido de la palabra de las jornadas) para el proyecto Tutorías en red y a quien aprovecho para agradecer la invitación y su confianza.

El texto anterior y la presentación que utilicé para la Jornada de Valencia debe mucho a la conferencia que di el lunes 20 de noviembre (día internacional del niño), en el marco del Ciclo de conferencias Educar en el siglo XXI, en la Universidad del Atlántico en Santander invitado por Gonzalo Silió  y por Balbino Fernández a quienes aprovecho para agradecer su invitación, su cariñosa acogida y las conversaciones que ese día provocaron con alumnos, parte del claustro y un buen número profesionales y personas interesadas, preocupadas y ocupadas en la educación.
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2 pensamientos en “Sujetos de esperanza

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