Educación/Tecnología

Imaginar nuestro futuro para cambiar nuestro presente

Un hecho es la respuesta a una pregunta que podría haberse hecho de otra manera, dice Ulrich Beck (citado por Antonio Lafuente en Lo que (nos) pasa en el aula). No hay hechos del futuro, dice por su parte, Wendy Schultz. No hay futuros objetivos. El futuro no es neutro. Cualquier predicción sobre el futuro está cargada de ideología y política. Está cargada de pasado y llena de presente. Pensar el futuro nos exige ser generosos con nuestro presente y plurales con el pasado. El futuro nos reclama radicalidad (Antonio Lafuente) y mucha imaginación para hacernos preguntas de otra manera.

Tenemos que aceptar que vivimos solo el presente, que el futuro no lo conocemos y que el pasado ya no lo tenemos (Pessoa). Y tenemos que ser conscientes que nuestro futuro ya es nuestro presente igual que el presente se disuelve rápidamente en el pasado (Markson). Es decir, que al final, cualquier ejercicio sobre nuestro futuro no solo es una tarea compleja que requiere de preguntas, hechos e imaginación sino que es también algo urgente que reclama nuestra atención y dedicación.

dezeta CC 2.0 by-nc-sa https://flic.kr/p/CvJMA

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Porque visualizar nuestro futuro es al final definir nuestro presente. Es imaginarnos las preguntas que queremos respondernos. Imaginar nuestro futuro es el primer paso para cambiar nuestro presente.

Con demasiada frecuencia, las propuestas de cambio educativo se han limitado a resolver necesidades pasadas. Han buscado obtener resultados que respondían no solo a viejas preguntas sino también a un número limitado de ellas. Con demasiada frecuencia nos ha sobrado precipitación y nos ha faltado imaginación para hacernos otras preguntas o hacérnoslas de otra manera. Con demasiada frecuencia, también, hemos creído que el cambio educativo era tarea de otros y que solo podía ser impulsado desde arriba, desde las grandes leyes o desde las macro-iniciativas públicas o privadas. La realidad, sin embargo, es testaruda y nos confirma una y otra vez que las grandes reformas top-down promovidas por las autoridades educativas y las ambiciosas iniciativas lanzadas para salvar al país impulsadas por grandes actores privados tienen un impacto limitado cuando no contraproducente.

Esta histórica dificultad para afrontar el cambio educativo no aminora la necesidad de realizar cambios en los objetivos, los contenidos, las metodologías, las formas de evaluación y la organización de los centros. Llegados a este punto parece razonable preguntarnos, como hace Ferrán Ruiz Tarregó, si la renovación de la gramática de la escolarización se puede lograr mediante iniciativas de reforma de las autoridades educativas, o bien si realmente es necesario establecer nuevas dinámicas caracterizadas por múltiples iniciativas bottom-up, que parten de la convicción de que el cambio y la mejora real provienen menos de decisiones gubernamentales que de la imaginación, el compromiso y el esfuerzo continuado de los profesionales de la educación con el apoyo y la complicidad de la comunidad educativa (Ferrán Ruíz Tarregó, Escenarios de futuro y transformación del sistema educativo. BILE, nº93-94. Julio 2014).

Richard P J Lambert. CC 2.0 by https://flic.kr/p/oG1Uw3

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Las formas de docencia basadas en la transmisión directa de conocimientos, las rigideces en la organización de las enseñanzas, especialmente en secundaria, los currículos sobre cargados de objetivos y contenidos obligatorios y los criterios con que se evalúan los alumnos cierran un círculo impermeable al cambio, afirmaban hace apenas 6 años Mominó, Sigalés y Meneses en La escuela en la sociedad en red. Pero la percepción sobre la necesidad de cambio educativa no es exclusiva de nuestro tiempo. Es una necesidad histórica. El problema parece estar en la pasividad de actitudes, la masificación mecánica de los niños, la uniformidad en el programa escolar y en el método”. En que “el centro de gravedad está fuera del niño y que está en el maestro, en el libro de texto, al final y por todas partes donde queráis, excepto en los niños y en las actividades inmediatas al niño, decía John Dewey en 1905.

Por otro lado, en esta larga historia no nos han faltado los intentos de hacer de la tecnología la palanca de este cambio, pero una y otra vez hemos visto como fracasábamos. Salvo excepciones, la tecnología aplicada a la educación no ha pasado de ser una promesa incumplida. Más una solución en busca de un problema que una respuesta a una pregunta hecha de otra manera.

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Podemos decir que con la tecnología educativa nos hemos movido y nos seguimos moviendo entre el sonambulismo tecnológico señalado por Langdon Winner, el solucionismo con el que nos amenaza Eugeny Morozov y la amnesia que denuncia Audrey Watters. Con demasiada facilidad olvidamos que la tecnología educativa tiene una historia (una historia en algunos casos más que interesante) y nos acercamos a ella evitando cualquier reflexión crítica cuando no abiertamente acrítica y convencidos de que cualquier problema (la educación incluida) se puede resolver desde la tecnología. Con preocupante y creciente frecuencia, aceptamos el relato que otros nos construyen y movidos por una sensación de urgencia no dudamos en aceptar las respuestas de otros para preguntas que no nos hemos hecho o que ni si quiera han sido plenamente formuladas.

Pero la tecnología nos es tan atractiva que olvidamos con frecuencia que el objetivo asociado a cualquier tecnología educativa (el lápiz, el libro de texto, el portátil) no es el éxito de la mencionada tecnología sino la mejora del proceso y del entorno en el que tienen lugar la enseñanza y el aprendizaje (Óscar Valiente). Ninguna tecnología tiene un impacto en el aprendizaje en sí mismo. Su impacto dependerá de cómo se utiliza y sobre todo del contexto en el que sea utilizada.

La historia de la educación en el último siglo es la historia de un cambio educativo necesario que nunca termina de llegar. Es también la historia de una solución fallida, la de la tecnología como la palanca de este cambio. Y es, en último lugar, la historia de una gran ausencia, la gestión del cambio de la cultura escolar.

Waimea Heights School, teacher with students. CC 2.0 by-nc https://flic.kr/p/bRL92t

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Parece que por fin hemos comprendido que la solución pasa por actuar simultáneamente desde el cambio pedagógico, el cambio tecnológico y la gestión del cambio organizacional (Choosing the wrong drivers for whole system reformMichael Fullan). Pasa por anteponer las prácticas de aprendizaje que sabemos eficaces y explorar después cómo la tecnología puede apoyar estas prácticas. Parece que por fin hemos asumido que el cambio no nos vendrá dado desde arriba sino que será el resultado del impulso individual y colectivo de los profesionales de la enseñanza, de las escuelas y de la comunidad educativa (La escuela que queremos. Michael Fullan & Andy Hargreaves). Y parece que hay acuerdo en afirmar que el cambio exige que las escuelas dejen de ser unidades administrativas para convertirse en proyectos educativos.

Ahora más que nunca cobran todo su sentido las palabras de Seymour Papert, uno de los pioneros en el ámbito de la educación y las tecnologías de la información, y que nos mueven a asumir nuestra responsabilidad y a actuar desde lo que tenemos: La cuestión de la educación es cómo reconciliar lo que es factible ahora con lo que sabemos que se debe hacer y lo que lucharemos por conseguir en el futuro.

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Con el cambio educativo nos hemos movido con demasiada frecuencia entre el optimismo ingenuo y la desesperación. Parece que por fin ha llegado el momento de reclamar el optimismo realista y el optimismo crítico defendido por Paulo Freire. Asumir que las cosas no son así; están así y podemos cambiarlas (Freire). Y aceptar, con todas sus consecuencias, estas palabras de Ruiz Tarregó: No podremos predecir el futuro, pero sí imaginar, visualizar, implantar y reevaluar imágenes de futuro, así como proponer la adopción democrática de las que se consideren preferibles, dando así un impulso real a procesos de cambio y transformación.

Quizá no podamos transformarlo todo pero cada día podemos transformar las cosas. Cada día podemos Imaginar nuestro futuro para cambiar nuestro presente.

Sobre esto conversamos el pasado 11 de febrero en el Seminario Pensar la educación, organizado por CGT Huesca. Dejo a continuación la presentación que utilicé y aprovecho para agradecer a Ángel, Geles y el resto de compañeros de CGT Enseñanza su amable invitación y su generosa acogida.

8 pensamientos en “Imaginar nuestro futuro para cambiar nuestro presente

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  2. El tema de saber hacernos preguntas es fundamental; nuestros sistemas educativos y los docentes estamos llenos de respuestas y nada de preguntas; además la mayor parte de las respuestas están desfasadas en el tiempo…no responden! El tiempo..¿Cuál tiempo? no será mas que un invento y no es tan lineal como creemos

  3. Predecir el futuro consiste en imaginar hacia dónde nos va a conducir nuestro
    Predecir el futuro consiste en imaginar hacia dónde nos va a conducir nuestro presente, a partir de lo que conocemos de nuestro pasado y según cuáles sean nuestras expectativas y nuestros miedos. Consiste en elucubrar sobre cuáles serán los
    acontecimientos venideros y cómo nos van a afectar. Predecir el futuro, por tanto, es
    un ejercicio permanente de recreación de nuestro pasado con la intención de
    solucionarlo, de mejorarlo, de actuar de manera que no se repitan nuestros errores.   

    Pero predecir el futuro no es lo mismo que soñarlo, que es lo que deberíamos estar
    haciendo todos los educadores. Soñar el futuro como una oportunidad, como el
    camino que tenemos que recorrer para descubrir todas nuestras potencialidades,
    como fuente de experiencia y de aventura. Encarar el futuro desde una actitud
    artística en vez de hacerlo desde la resignación estadística.  

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/la-escuela-del-siglo-xxi

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